martes, 24 de julio de 2007

Papá, mamá o los conservadores al acecho

Papá, mamá o los conservadores al acecho

23 de juio, 2007

Se debate en la Asamblea Legislativa el Expediente N. 16258, Reforma al artículo 107 del Código de Familia, impedimento para que personas de la misma orientación sexual adopten menores de edad, presentado el 11 de julio del 2006 por el diputado Guyón Massey Mora. Quienes lo apoyan se fundamentan en la Constitución Política y el Código de Familia que establecen que el matrimonio es la base de la familia, la familia la de la sociedad y, conforme la resolución constitucional del 23 de mayo del 2006 , donde el matrimonio se concibe exclusivamente como unión heterosexual monogámica. Por otra parte, sostienen, tanto la Declaración Universal de los Derechos del Niño como la normativa legal interna, coinciden en privilegiar el “interés superior del niño en cuánto establece que al dictar leyes que atañen al niño se tomará exclusivamente el interés de éste como objetivo".

Con relación a la adopción de menores, señala el diputado Massey, es nuestra normativa interna "es claro que existe un vacío al no establecerse con claridad que los adoptantes no pueden ser personas con orientaciones sexuales diferentes a las aceptadas constitucional y legalmente para un matrimonio heterosexual". Por lo anterior, el proyecto "busca defender los derechos de las personas menores de edad y protegerlos de experimentar situaciones incómodas y traumáticas para su debido desarrollo como individuos, ya que los menores que fuesen adoptados por dos personas del mismo sexo, sufrirían confusiones y presiones derivadas de ello".

En consecuencia, el proyecto de ley propone una reforma al artículo 107 del Código de Familia que establece los impedimentos para adoptar, introduciendo un inciso e) que prohibiría: "aquellas adopciones, hechos a título individual o por una pareja, en las que uno o ambos adoptantes hayan manifestado una orientación sexual hacia personas del mismo género” El proyecto pasó a estudio e informe de la Comisión Permanente Especial de Juventud, Niñez y Adolescencia. Señalan, los defensores de la iniciativa, entre otras confusiones, presiones y problemas causados a los niños adoptados "por personas que hayan manifestado una orientación sexual hacia personas del mismo género" , las siguientes

  • se priva deliberadamente al niño del enriquecedor aporte de la diversidad femenino-masculino de la pareja heterosexual y la adjudicación de roles que de ella deriva.
  • crea inmediatos problemas de socialización respecto a los niños que mayoritariamente tienen padres y madres de distinto sexo, utilizando a los menores como campo de pruebas de un experimento hasta que la sociedad "acepte" el homosexualismo como principio.
  • Introduce prematuramente en el niño el interrogante respecto de sí, a pesar de su sexo, el destino le deparará unir su vida a un individuo del sexo opuesto y tener hijos biológicos o si por el contrario deberá amar a alguien del mismo sexo y no podrá tener hijos biológicos.
  • se producirán sentimientos de rechazo o compasión hacia sus "padres" y, eventualmente, heterosexualidad contenida en la adolescencia (falsa castidad) para no defraudar al padre homosexual adoptivo por la exteriorización de sus prácticas heterosexuales.
  • Al ser las parejas homosexuales menos estables y firmes que las heterosexuales también se le privará al niño del aparente amparo biparental que se pretende establecer.

Omito reproducir algunas de las expresiones o argumentos utilizados por algunos de los diputados miembros de la Comisión Legislativa porque los lugares comunes son idénticos a los mencionados, tan llenos de prejuicios homofóbicos, a estas alturas de la historia, tan increíblemente arcaicos, que sorprenden por su ingenuidad o mala fe. Tampoco tengo intención de referirme a los argumentos jurídicos, aunque debiera decir que, al menos, en esta situación, estaríamos al frente de un conflicto de principios constitucionales que deberían ser resueltos, como corresponde, a la Sala Constitucional, resultando extraño el virus actual donde todos han sido poseídos por la tentación de sentirse Magistrados Constitucionales, aunque sean hijos de vecinos, convertidos de un día para otro, en diputados o, en asesores de diputados.

Tampoco deseo referirme a la seudociencia que se esconde en eso de "se priva deliberadamente al niño del enriquecedor aporte de la diversidad femenino-masculino de la pareja heterosexual " o aquello de "crea inmediatos problemas de socialización" o "se producirán sentimientos de rechazo o compasión hacia sus "padres" o "falsa castidad" (psicoanálisis de manual), ni a la ignorancia o retroceso que se desprende de "adjudicación de roles" (¿teoría de género? ¿Sabrán de ella?), o lo ofensivo de aquello de "campo de pruebas de un experimento".

Lo que me sorprende es el abandono de algo más sencillo, el amor, por quienes defienden esta posición tan propia de otros tiempos y quienes, supuestamente, han hecho de él un estandarte de fe, reiterado una y otra vez, como sentencia para todos los tiempos. Los defensores del proyecto abanderan los derechos de los niños pero abandonan cualquier vestigio de amor, fraternidad, solidaridad o cualesquiera otros términos para designar la trascendental decisión de adoptar un menor ¿Ese es el cristianismo que quieren que todos acojamos?

En realidad, más allá de cualquier debate sobre fe, no encuentro diferencia alguna entre esta postura o cualquier dictadura que, en nombre de cualquier alto ideal, desea para nosotros el bien, claro, en los estrictos términos en que los permitan sus propios fundamentos, en este caso, una biblia y una constitución transformadas en panfleto de propaganda. Aman a los niños pero prefieren apegarse a sus propios dogmas impidiendo que una persona pueda adoptar, por amor, a un menor carente, oh sorpresa, de amor. Aman a los niños pero se aferran a sus prejuicios. De hecho, de aquí a justificar que solo podrían adoptar los que profesan un dogma específico, porque solo ellos podrían garantizar el equilibrio y no sé cuántas cosas más que debe tener un niño, hay, simplemente, un solo paso, todo sea por la supuesta superioridad de quienes lo profesan, dejando tras de sí una peligrosa estela de autoritarismo que, un poquito de conocimiento de historia basta, lo único que deja es odio y destrucción, tal como el fascismo o el estalinismo lo mostraron con terribles consecuencias para quienes los padecieron.

Lo único que necesita un niño que requiere ser adoptado es amor. Poco importa si los padres tienen sexo con personas de su mismo género o no tienen sexo o tienen solo consigo mismo. Poco importa si sus padres, heterosexuales, se acuestan con su vecino o vecina, su compañero o compañera de trabajo. Poco importa que declaren la supremacía de los bienes espirituales a pesar que los materiales siempre acechan por doquier. Tampoco les importa que sus padres sean un permanente conflicto entre el decir y el hacer, entre ética y moral, por ejemplo, declarándose en favor de la lucha contra la corrupción pero creando fundaciones, con nombres y apellidos, que reciben aportes derivados de negociaciones políticas.

De pasar este proyecto de ley, la hermosa experiencia que todos conocemos del "caso Mairena" sería imposible nuevamente. De hecho, este caso desmiente toda la argumentación pseuciencífica, prejuiciosa o de odio que expresan los defensores del proyecto de ley pero, sobre todo, desnuda la ceguera de quienes propugnan esta iniciativa de ley que, acosados por sus propios fantasmas, son incapaces de reconocer el amor en cualquier acto humano, a pesar que se embetunan los zapatos diariamente, con prolijas y altisonantes palabras, con su nombre. Demasiado desatino. Demasiados prejuicios. Demasidados dogmas. Demasiada hipocrecía. Demasiado totalitarismo.